Escrito por: Marco González
En 1917, la historia del arte sufrió una fractura de la que nunca se recuperó del todo, y el responsable fue un urinario de porcelana blanca firmado con el pseudónimo “R. Mutt”. La obra, titulada Fuente (Fountain), presentada por Marcel Duchamp, no era una pintura ni una escultura en el sentido tradicional; era un objeto industrial común, recontextualizado. Este gesto, aparentemente una broma de mal gusto, planteó la pregunta filosófica más importante del siglo XX: ¿Qué define al arte? ¿La habilidad manual del artista o su intención intelectual?
Para comprender el impacto de Fuente, hay que situarse en el contexto de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. Duchamp, quien era miembro de la junta directiva, decidió poner a prueba los principios de la organización, que afirmaba que aceptaría cualquier obra siempre que el artista pagara la cuota de inscripción. Al enviar el urinario bajo un nombre falso, Duchamp tendió una trampa institucional. La obra fue rechazada y ocultada tras un biombo durante la exposición, lo que provocó la dimisión de Duchamp y desató un debate que transformó la estética mundial.
Esta pieza es el ejemplo supremo del “Readymade”, un concepto acuñado por Duchamp para describir objetos manufacturados que son elevados a la categoría de arte por la simple elección del artista. Al seleccionar el urinario, girarlo 90 grados y firmarlo, Duchamp anuló la función utilitaria del objeto y creó un nuevo pensamiento para él. Fue un ataque directo al “arte retinal” (arte hecho para complacer a la vista) en favor de un arte al servicio de la mente. Declaró que la idea es superior a la manufactura.
La elección del urinario no fue casual; tenía connotaciones provocadoras relacionadas con los desechos corporales, lo privado y lo sucio, contrastando con la pureza blanca de la porcelana y el título Fuente, que evoca manantiales clásicos y pureza. Esta ironía mordaz era típica del movimiento Dadá, surgido como reacción al absurdo y la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Si el mundo racional había llevado a la guerra, el arte debía ser irracional, anti-lógico y anti-burgués.
Curiosamente, el original de 1917 se perdió poco después de la exposición (probablemente fue tirado a la basura, confundido con lo que realmente era). Lo que vemos hoy en los museos son réplicas autorizadas por Duchamp en la década de 1960. Esto añade otra capa de complejidad a la obra: ni siquiera necesitamos el “original” para que el concepto funcione. La autenticidad material, tan valorada en el arte clásico, se vuelve irrelevante frente a la autenticidad de la idea.
Investigaciones recientes han debatido la autoría intelectual de la pieza, sugiriendo que la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven, una artista dadaísta radical amiga de Duchamp, podría haberle enviado el urinario. Duchamp, en una carta a su hermana, mencionó que una amiga le envió la porcelana. Sin embargo, fue Duchamp quien teorizó y defendió el concepto del Readymade a lo largo de su carrera, convirtiendo a Fuente en el eje de su legado, independientemente de la anécdota de su origen material.
El impacto de esta obra es incalculable. Sin Fuente, no existiría el arte conceptual, el pop art de Warhol (con sus latas de sopa), ni el minimalismo, ni las instalaciones contemporáneas. Duchamp liberó a los artistas de la tiranía de la técnica. Ya no era necesario saber pintar como Velázquez para ser un artista; era necesario tener una visión crítica del mundo. Abrió la puerta a que cualquier material, desde la basura hasta la luz o el propio cuerpo, pudiera ser un medio artístico.
La firma “R. Mutt” también es objeto de análisis. Se cree que es un juego de palabras derivado de “Mott Works” (el fabricante de sanitarios) y la tira cómica “Mutt and Jeff”. Al firmar, Duchamp parodiaba la importancia de la firma del autor como garante de valor económico. Al poner una firma falsa en un objeto masivo, cuestionaba el mercado del arte y la fetichización de la autoría, problemas que siguen vigentes en el mercado de subastas actual.
A pesar de que Duchamp dejó el arte “retinal” para dedicarse al ajedrez durante gran parte de su vida, Fuente siguió trabajando por él. Se convirtió en el “monstruo” que devoró las definiciones académicas. En 2004, una encuesta a 500 expertos en arte británico eligió a Fuente como la obra de arte moderno más influyente de todos los tiempos, superando a Picasso y Matisse. Esto demuestra que la provocación intelectual de Duchamp ganó la batalla a largo plazo.
En conclusión, la icónica obra que marcó a Duchamp no lo hizo por su belleza, sino por su capacidad destructiva y constructiva a la vez. Fuente destruyó la noción sagrada del arte y construyó un espacio donde el espectador completa la obra con su interpretación. Duchamp nos enseñó que el arte no está en el objeto, sino en la decisión, y que un urinario puede ser tan trascendente como una catedral si somos capaces de cambiar nuestra forma de mirar.