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La magia de Remedios Varo: Alquimia, exilio y el psicoanálisis del pincel

Escrito por: Marco González

La obra de Remedios Varo no es simplemente surrealismo; es un tratado de ingeniería mística. A diferencia de sus contemporáneos, que buscaban el automatismo psíquico puro, Varo construyó un universo donde la magia obedece a leyes lógicas y mecánicas precisas. Nacida en Anglés, España, en 1908, y forjada en la Academia de San Fernando, su vida estuvo marcada por el desplazamiento y la búsqueda. Su llegada a México en 1941, huyendo de la ocupación nazi en París, no fue solo un cambio geográfico, sino el catalizador que le permitió destilar sus influencias europeas bajo la luz y el misticismo de la cultura mexicana, dando lugar a su periodo más prolífico.

Para entender la “magia” en sus lienzos, es necesario indagar en sus intereses intelectuales, que eran vastos y eclécticos. Varo no pintaba fantasía al azar; estudiaba profundamente la alquimia, la geometría sagrada, el psicoanálisis de Jung y la literatura esotérica de Gurdjieff. En cuadros como La creación de las aves, se observa una fusión entre ciencia y arte: una lechuza híbrida utiliza un prisma triangular para refractar la luz de las estrellas y dar vida a los pájaros, sugiriendo que la creación artística es un proceso científico y espiritual a la vez. Cada elemento en sus obras tiene una función; nada es decorativo, todo es maquinaria narrativa.

El contexto de su exilio en México fue fundamental. Allí formó un círculo íntimo con la pintora Leonora Carrington y la fotógrafa Kati Horna, un triunvirato conocido como “las tres brujas del arte”. Este grupo se alejó del surrealismo androcéntrico liderado por André Breton, donde la mujer solía ser musa u objeto, para establecer una visión donde la mujer era la alquimista, la creadora y la viajera. Varo exploró la domesticidad no como un encierro, sino como un laboratorio; en sus obras, las cocinas y las habitaciones se transforman en espacios de transmutación trascendental.

Uno de los temas recurrentes en su investigación visual es el vehículo o la locomoción. Sus personajes rara vez tocan el suelo; se desplazan en artilugios con ruedas, velas o poleas que parecen extensiones de sus propios cuerpos o psiques. Esto refleja la condición del exiliado: el ser humano en tránsito perpetuo, cargando con su propia “casa” o estructura mental. Obras como Exploración de las fuentes del río Orinoco muestran esta travesía, donde la exploración geográfica es una metáfora directa de la introspección psicológica y el descubrimiento del subconsciente.

Técnicamente, Varo recuperó métodos de los maestros antiguos que el arte moderno había empezado a desechar. Utilizaba una técnica de veladuras minuciosas, aplicando capas finas de óleo para lograr una luminosidad que parece emanar del interior del cuadro. Su dibujo es de una precisión casi arquitectónica, herencia de su padre, quien era ingeniero hidráulico y le enseñó a dibujar planos desde niña. Esta rigurosidad técnica contrasta deliberadamente con lo onírico de sus temas, otorgando una verosimilitud inquietante a lo imposible.

El misticismo de Varo también aborda la conexión cósmica. En sus lienzos, existen hilos invisibles que conectan a los personajes con las estrellas o con la tierra, visualizando la teoría hermética de “como es arriba, es abajo”. En Armonía, un personaje trata de colocar objetos en un pentagrama musical tridimensional, sugiriendo que el universo es una composición orquestada donde cada individuo busca su nota correcta. Esta visión cosmológica resonó fuertemente en la intelectualidad de mediados del siglo XX, sedienta de un orden espiritual tras el caos de la Segunda Guerra Mundial.

Es crucial destacar el humor sutil que impregna su obra, un aspecto a menudo ignorado por la crítica solemne. Varo se burlaba suavemente del psicoanálisis y de la pretensión humana. En Mujer saliendo del psicoanalista, la protagonista arroja a un pozo la cabeza de su padre (simbolizando el complejo de Edipo/Electra) mientras lleva una cesta con “desperdicios psicológicos”. Varo reconocía la importancia de la terapia, pero también la ironía de nuestros dramas internos, tratando lo sagrado y lo profano con la misma delicadeza pincelada.

A pesar de su muerte prematura en 1963, el legado de Varo ha crecido exponencialmente, especialmente en las últimas décadas. El mercado del arte ha revalorizado su trabajo no como una nota al pie del surrealismo masculino, sino como una maestra del arte fantástico con voz propia. Su capacidad para narrar historias complejas en una sola imagen la ha convertido en un referente para ilustradores y cineastas modernos, quienes ven en ella a una precursora de la narrativa visual contemporánea.

Su archivo personal, que incluye cuadernos de sueños y bocetos, revela a una mujer metódica que planeaba cada detalle de sus “hechizos” pictóricos. No dejaba nada al azar. La magia de Remedios Varo radica precisamente en esa paradoja: es un misterio calculado, una espiritualidad diseñada con escuadra y cartabón. Nos invita a mirar el mundo cotidiano y descubrir las fuerzas invisibles que lo mueven, sugiriendo que la realidad es mucho más maleable de lo que nuestros ojos perciben.

En conclusión, Remedios Varo logró lo que pocos artistas consiguen: crear un universo autónomo. Su obra no nos pide simplemente que miremos, sino que descifremos. Al investigar su trayectoria, queda claro que su pintura fue su mecanismo de defensa y su vehículo de liberación, transformando la angustia del exilio y la incertidumbre de la vida en una arquitectura de belleza y significado que sigue fascinando por su inagotable profundidad simbólica.

Diseñado por Marco González